Senado aprueba pedido de facultades con votos de Buen Gobierno

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Senado aprueba pedido de facultades con votos de Buen Gobierno

A los votos de Obras, que ya se sabía que iban a apoyar al oficialismo en el Pleno del Senado, se sumaron dos votos de la bancada de Buen Gobierno, y finalmente el pedido de facultades del Gobierno se aprobó con 35 votos a favor frente a 18 en contra y 6 abstenciones. Sobre esto y más hablamos hoy en el Newsletter de Comité. ¡Empecemos!

Estamos jueves 22 de octubre y estos son los titulares que desarrollo en el podcast de la mañana:

  1. El Pleno del Senado aprobó la versión ampliada del pedido de facultades con votos de Obras y, sorpresivamente, también algunos del partido de Buen Gobierno.
  2. El Pleno del Senado también aprobó ayer designar a Oswaldo Molina, a José Ricardo Stok y a Juan José Marthans como los tres miembros faltantes del directorio del Banco Central de Reserva hasta el 2031.
  3. Estados Unidos ordenó el retiro de tropas y personal de sus embajadas en el Medio Oriente ante la posibilidad de nuevos ataques en la región, en un contexto de crecientes tensiones con Irán y sus aliados.

Recuerda que puedes escuchar el podcast completo en Spotify cliqueando aquí.

O aquí abajo si prefieres verlo en YouTube:


LA NOTICIA DESTACADA

Senado aprueba el pedido de facultades ampliado con votos de Obras y Buen Gobierno

Como les había adelantado que iba a ocurrir, el Pleno del Senado aprobó el pedido de facultados del Gobierno en su versión ampliada, vale decir, con las 20 facultades que aprobó la Cámara de Diputados más las siete que añadió la Comisión de Constitución del Senado. 

Lo que sí llamó la atención es que el oficialismo consiguió una votación más alta de lo previsto. Fueron 35 votos a favor, 18 en contra y 6 abstenciones. Los votos en contra fueron principalmente de Perú Libre y Ahora Nación. Las abstenciones fueron principalmente de Buen Gobierno. Y los 35 votos a favor fueron de Fuerza Popular y Renovación Popular, lo que se esperaba, más tres votos de Obras, que fueron los que consiguió el oficialismo a último minuto, y sorpresivamente, dos de Buen Gobierno. Es decir, la bancada de este último partido voto, valga la redundancia, partida. 

He visto que el senador de Buen Gobierno Flavio Figallo ha salido a negar que exista un cisma en su bancada pero que verán a la interna del partido por qué estos dos senadores, Juver Flores y Jorge Gavidia, votaron con el oficialismo. 

Lo que no hubo esta vez fueron inasistencias significativas. Los integrantes de la bancadas de oposición acudieron mayoritariamente a votar y lo hicieron en contra o en abstención. 

El Gobierno, en tanto, ha dicho que en 10 o 12 días estarán listos los decretos legislativos que prepararán ahora con las facultades recibidas. Esperemos sinceramente que lo hagan bien. 

Es importante que se haya salido de este entrampamiento que le permitía también al Gobierno victimizarse. Lo va a seguir haciendo en alguna medida pero ahora habrá que ver cómo, más allá de la discusión sobre facultades delegadas, empieza o no a entregar resultados concretos. 


REFLEXIÓN DEL DÍA

¿Qué hubiera pasado con el pedido de facultades si nuestra bicameralidad funcionara con las reglas de la Constitución de 1979?

En estos días hemos estado discutiendo mucho sobre lo mal diseñada que está nuestra nueva bicameralidad, y ciertamente hay mucho que decir al respecto. Pero, a manera de reflexión se me ocurrió hacer el siguiente ejercicio mental: ¿qué hubiera pasado si el actual Congreso bicameral, con sus misma distribución de escaños entre partidos, funcionase más bien con las reglas de la Constitución de 1979, es decir, las que regulaban nuestra anterior experiencia de bicameralidad? 

Fíjense. Una diferencia importante es que aquella vez no solo los diputados sino los senadores también tenían iniciativa legislativa. Ahora es solo los diputados. Pero, centrémonos en el proceso de aprobación de leyes. 

Lo que decía la Constitución de 1979 al respecto es que “cuando una de las cámaras desapruebe o modifique un proyecto de ley aprobado por la otra cámara de origen, para insistir en su primitiva resolución, necesita que la insistencia cuente con los dos tercios de votos del total de sus miembros. La cámara revisora, para insistir a su vez en el rechazo o en la modificación, requiere igualmente dos tercios de votos”. 

Vean entonces. En el caso que bajo análisis, hablamos de un proyecto de ley -el pedido de facultades del Gobierno- que se aprobó en la Cámara de Diputados por mayoría simple. Esta sería la cámara de origen, y el proyecto de ley va a la cámara revisora, que es el Senado.

En nuestra bicameralidad actual, se ha generado una incertidumbre jurídica muy grande porque los reglamentos del Congreso dicen que el Senado puede modificar más no desnaturalizar lo que recibe de la Cámara de Diputados. ¿Qué significa modificar sin desnaturalizar? Pues, no lo sabemos, y nunca lo vamos a saber a ciencia cierta, porque dependerá de la casuística. 

La Constitución de 1979 no se metía en este problema porque simplemente decía: si la cámara revisora quiere modificar, puede hacerlo como le parezca, pero ese texto modificado debe regresar a la Cámara de Diputados y si a esta no le gusta lo que ha cambiado el Senado, pues la solución no es interpretativa sino aritmética: la Cámara de Diputados simplemente deberá insistir en el texto que aprobó originalmente y conseguir una mayoría más alta para ello, de dos tercios.

Pero ahí no acaba la cosa. Si la Cámara de Diputados gana la insistencia, el Senado pueden todavía insistir por su cuenta con el texto modificado, y si alcanza un mayoría de dos tercios entre sus integrantes, la cámara revisora se impone. 

Entonces, con las reglas de la Constitución de 1979 no entramos a una discusión compleja sobre qué implica “modificar sin desnaturalizar” sino que simplemente hay que ver quién tiene los votos. 

Si nuestro actual Congreso bicameral funcionase así, ¿qué hubiera pasado? Pues, en la Cámara de Diputados de mayoría opositora el proyecto de facultades delegadas probablemente se hubiera aprobado en una versión recortada, y el Senado, de mayoría oficialista, hubiese modificado ese texto, como hemos visto que ha ocurrido. Pero al regresar este a la Cámara de Diputados, la oposición no hubiese tenido los votos suficientes para insistir y ganar con dos tercios. 

Es decir, si tuviéramos un sistema como al anterior -mucho más razonable, en mi opinión- el Senado hubiese tenido las de ganar por una cuestión de votos, y a nadie le parecería raro esto porque sería tal cual está previsto que ocurra. 

Uno de los problemas de la situación actual, que creo que mucha gente está minimizando, es que no puedes hacer funcionar un sistema bicameral sobre la base de una regla que no da certeza jurídica, porque no hay una forma objetiva de saber qué es “modificar sin desnaturalizar”. Si admitiésemos que esto es interpretable en cada caso, todas las modificaciones de proyectos de ley por parte del Senado podrían ser cuestionadas sobre la base de discrepancias interpretativas. 

Esto es una locura. Porque fíjense el incentivo perverso que genera. Si el Senado cree que cualquier cosa que modifique será cuestionada por “desnaturalizar” lo recibido de Diputados, ¿cuál es el comportamiento esperable del Senado? Pues, no aprobar nada salvo que les llegue exactamente como quisieran, como para no tener que cambiarle una sola coma. Eso no va a funcionar. 

Por eso, cuando ahora escucho a gente decir que está mal que el tema de las facultades delegadas se haya definido haciendo que los votos desplacen la necesidad de interpretar qué es “modificar sin desnaturalizar”, pues yo pienso lo contrario, que nuestra bicameralidad funcionaría mucho mejor si fuesen precisamente los votos los que resolvieran un impasse como el que estamos viendo. Porque es la forma más clara y objetiva de resolver una discrepancia política de esa naturaleza. 

Y claro, eso no elimina el riesgo de que los senadores, o los diputados, aprueben algo que sea manifiestamente inconstitucional. Pero el control que se tiene para ello se llama Tribunal Constitucional, y este actúa posterior a la aprobación de la ley bajo cuestionamiento. 

En mi opinión, es mejor así. El meollo del problema que tenemos ahora es que estamos haciendo que todo dependa de cómo interpreta cada quien qué es “modificar sin desnaturalizar”. Y sería mucho más razonable, y conducente a que haya seguridad jurídica, que este problema tenga una solución aritmética: si las cámaras quieren aprobar una ley, tienen que ponerse de acuerdo. Y si no pueden hacerlo, pues la cámara de origen solo logrará imponerse si insiste y consigue dos tercios de los votos, siempre y cuando la cámara revisora no logre hacer lo mismo.

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